Los ojos de Bette Davis

Se habían sentado a cenar hacía media hora y desde el primer segundo había sentido esa sensación; la de sus ojos mirándolo, observándolo, pensando a saber qué. Al principio, durante el primer plato, había notado el típico cosquilleo. Se giró y se encontró con unos ojos de mujer fijos en los suyos. No se podía decir que hubiese sido una mirada amable, pero sí curiosa. 

Ahora, durante la espera del segundo plato, la sentía penetrándole la nuca hasta escapar por su boca cada vez que la abría para decir algo. Aquella mujer se estaba burlando de él. Estaba jugando a un juego macabro con él. “Mmm, ¿qué hacemos esta noche?” Gary se imaginaba las perversas ideas debajo de aquellos rizos. Él sólo era un dado que ella retorcía entre sus manos de bruja. ¿Que cómo sabía que era una bruja? Fácil; llevaba unos guantes de terciopelo hasta los codos, evidentemente para ocultar sus manos de bestia. 

Si se giraba un poco, podía verla fumando con gesto aburrido. Un codo apoyado en la mesa y la mano sujetando su cara, cubierta de luces y sombras. No parecía hablar con nadie; lo único que hacía era mirarle a él. Gary estaba sonrojado, pero no de calor; sentía que llevaba horas enterrado en nieve. Aquel era un rubor causado por una bruja profesional. Se miró en el reflejo de una cuchara. ¡Su rostro estaba azul! Aquella mirada le estaba congelando. Se levantó para ir al baño a mirarse mejor en un espejo y huir de aquellos ojos.

¡Aquella maldita mujer! Estaba en la fila de los servicios fumando un cigarro. Grandes nubes de humo le cubrían el rostro puntualmente. Aquella era sin duda otra evidencia de que era una bruja; fumaba para tapar el olor a podrido. Entre calada y calada se lamía la fila superior de su magnífica dentadura. Le recordaba a la de un lobo. Gary sabía que las brujas tienen el poder de convertirse en un animal a placer. Se podían apreciar las puntas de sus garras a través de sus guantes.

Cuando entró al baño y se miró al espejo, comprobó que no había ningún rastro de tonalidad azul en su tez. Debía haberle lanzado algún conjuro ahí fuera, en la fila, para que no se alarmase. Se lavó con agua la cara y decidió pedirle a Peter que le cambiase el asiento para poder estar enfrente de ella y no dándole la espalda. No pensaba otorgarle ningún poder sobre él. Prefería mirar a la cara a los demonios.

Así lo hizo. Le pareció que la loba sonreía casi relamiéndose. A continuación, se llevó la copa de vino a los labios y cerró lentamente los ojos mientras la apuraba. Gary también los cerró. Cuando los dos los abrieron, se estableció un contacto visual directo entre los dos. Por primera vez, Gary se fijó en su rostro de mujer. Tenía una expresión dura. Los párpados gruesos le cubrían parte del iris. Sus iris eran azules. Pero no un azul suave como el de la orilla de una playa, era un azul zafiro, un azul de la profundidad del océano, azul de Prusia. Era un rostro regio, quizá por eso parecía no pertenecer a ese lugar. En el centro de cada ojo, donde normalmente hay una pupila, había una pupila. Era pequeña, pero no tanto como para no verla desde donde estaba, y era ahí donde parecía guardar sus poderes. La bruja volvió a dejar caer los párpados y otro tanto le sucedió a Gary, quien empezaba a sentirse incómodo en aquella silla. Ella parecía estar divirtiéndose. Las pupilas se dirigieron hacia un extremo del iris y giraron 360 grados dentro del mismo. Dieron varias volteretas, cada vez más rápido. ¡Dios mío, le dieron escalofríos por todo el cuerpo!

Gary se levantó de un salto. Tenía que llamar a Barbara. Esa mujer le estaba dando mucho miedo. ¿Estaba teniendo una pesadilla? ¿Por qué estaba en una gala sin Barbara? Se dirigió a las cabinas telefónicas de recepción para llamar a casa. Cuando Barbara descolgó el teléfono y oyó su voz, sintió que todo volvía a la normalidad.

—¡Barbara! ¡Barbara!

—¿Sí?—. Preguntó una voz somnolienta.

—Barbara, me está pasando algo muy raro…   

La puerta se cerró a su espalda. Bette le arrancó el auricular y lo colgó, hiriéndole la mano con las garras. Le sorbió la sangre y, así, con la cara ensangrentada, las pupilas dándole vueltas dentro del iris y oliendo a podrido, le hizo una señal para que se mantuviese callado. Dentro de su cabeza habló una voz de ultratumba. Gary temblaba, no podía moverse, iba a morir. Aquello que le dijo no lo sabrá nadie. Después de hacerlo, mantuvo los ojos caídos durante un minuto, murmurando y mirándose las manos.

“Me has abierto el apetito, chico…”

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