El coche no tan fantástico

—¡Pero si sólo es un coche, mamá!—. Exclamó Michael mientras se pasaba una mano por el pelo.

—¡Shhh! ¿Cómo puedes decir eso? Kitt es uno más de la familia, ¡por amor de Dios!

Su madre le rellenó el vaso de leche y lo puso sobre la mesa. Aquello era inútil, sabía que ella estaba encantada con Kitt; con que cada vez que se subía a él le activase la maldita calefacción del asiento. ¡Si hasta quería más a Kitt que a Michael! Estaba convencido de que si hubiese podido, habría preferido tenerlo como hijo.

—Sí, sólo es un coche, como cualquier otro. Mañana voy al concesionario y me compro un Renault 5 y que le den a Kitt. 

—¿Un Renault 5? ¿Por qué ése? 

—¡Porque no me da ganas de pegarle un puñetazo cada vez que le miro al volante, por eso!

Si tuviese algún amigo con quien hablar de esto… Pero Kitt los había apartado a todos. Michael sentía que aquel coche lo había aislado por completo. No se sentía capaz de hacer nuevos amigos humanos; les hablaba constantemente como si fuesen un coche. “¡Tom, echa el freno, tío!”

Por otra parte, estaba harto de los planes que hacía con Kitt por las noches. Siempre eran los mismos; ir al túnel de lavado, al McAuto, al autocine… Y encima tenía que escuchar los eternos soliloquios de Kitt sobre como Bonnie, la mecánica, había ido todo el camino el día anterior cambiando las marchas con sus propias manos o sobre aquel ruido extraño que escuchó una vez dentro de la transmisión al aparcar.

—Qué rayado me dejó, Michael, en serio… ¿Qué querrá decir? Deberíamos ir a ver a Bonnie.

Michael decidió quedarse a dormir en casa de su madre aquella noche porque la idea de ver a Kitt aparcado enfrente de la casa le daba dentera. Durmió en su antiguo cuarto con un camisón de su madre, que por razones médicas (“la tiroides, hijo…”) le valía. 

A la mañana siguiente Michael salió dando un portazo; sabía que el paseo hasta comisaría iba a ser tenso. Él no se sentía cómodo y aquel puñetero coche tenía la facilidad de saber cuando le sucedía algo. Kitt lo llamaba “una conexión especial”, Michael lo llamaba tener una cara demasiado expresiva. 

La puerta del conductor ya estaba abierta, invitándole a entrar. Pero él no tenía ninguna. Ni gana ni razón. Podría coger el bus perfectamente. Todo el mundo parecía pensar que aquel coche era “fantástico”; ¡pues que se lo diesen a otro agente! Era en realidad un coche de mierda, ni siquiera corría tan rápido. 

Aquella mañana de verano el sol pegaba justo de frente en el cristal y Michael no veía a pesar de llevar puestas las gafas de sol. Además la chupa de cuero le molestaba para moverse y se estaba empezando a agobiar.

—Sube el aire acondicionado, ¿quieres, Kitt?—. Pidió Michael con un resoplido.

—Claro, jefe. Pero oye, puedo llevarnos hasta comisaría, me sé el camino.

—No, Kitt. El conductor conduce.—. Respondió Michael sin dar opción a rechistar.

—Y el coche es un transporte. ¿Quieres que sigamos diciendo obviedades?—. La robótica voz de aquel coche maligno sonó casi cruel.

—Mira, Kitt. Será mejor que hoy hagamos el camino callados.

—No te olvides de que, sin mí, ahora mismo irías andando.

Aquella frase. Aquella puta frase que siempre le soltaba cuando tenían una pelea. Esa era otra de las cosas que odiaba de Kitt. Las frases repetitivas. Tenía cinco o seis frases que soltaba como si fuesen comodines en situaciones concretas. Michael empezaba a creer que aquel coche tenía alguna enfermedad mental o una patología. Un autismo o Asperger o algo así, porque aquello no era normal.

—Pues a este ritmo casi es lo mismo, Kitt.—. Michael sabía donde había que ir a herir. 

—Vamos a 120, Michael.—. Respondió el coche, ofendido. 

—Pues eso.

Kitt empezó a acelerar. La espalda de Michael se pegó contra el asiento. No sabía qué pretendía conseguir en realidad con aquel duelo de masculinidades. Quizá ver si aquel ruido de la transmisión no era algo que Kitt se hubiese inventado para llamar la atención. A lo mejor comprobar si podía perder el control y estamparlo contra algún muro y cobrar el seguro. O puede que sencillamente llegar antes a comisaría y perderlo de vista cinco minutos.

—¡¿Prefieres esto, Michael?! ¡200 kilómetros por hora!—. La risa robótica fue desapareciendo cuando vieron sirenas de policía detrás de ellos.

Kitt fue descendiendo la velocidad y paró en el arcén. Bajó la ventanilla y, de repente, Michael sacó la cabeza y devolvió los donuts y el café que había desayunado en casa de su madre. La agente se acercó y le pidió, con cara de asco al ver el vómito, que saliese del coche y le entregase la documentación pertinente. 

—¿Sabe a cuánta velocidad estaba conduciendo?—. Preguntó la agente mirando la sudorosa cara de Michael.— ¿Ha bebido?

—Sí, digo, no. Un café. Y sí, sé que el coche iba a doscientos, pero yo no conducía.

La policía miró el interior del coche. Hizo una mueca de escepticismo y burla mientras rellenaba la multa. La arrancó del taco y se la tendió.

—Tenga cuidado, vaya lo más despacio que pueda; no tiene buena cara. Tiene treinta días para abonar la multa o se doblará su importe.

La agente se despidió negando con la cabeza, quizá pensando si no debería haberlo llevado al hospital. Michael estaba iracundo. ¡Una multa! La miró detenidamente. Tenía que pagar 100 dólares por culpa de aquel puto coche. 

—¡KITT, IMBÉCIL, ME HAS JODIDO PERO BIEN! 

—Eh… “El conductor conduce.”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s