Un hombre con las cosas claras

Óscar exhaló lentamente el aire de sus pulmones mientras se miraba en el espejo. Evaluó detenidamente su combinación de camisa de manga corta y pantalones a cuadros. “Quizá demasiado ecléctico”, pensó Óscar, antes de ir a cambiarse. Esta vez apareció delante del espejo con unos vaqueros, una camiseta ajustada y una americana de tela fina. “Mejor”, se dijo, y salió de casa.

Andaba por la calle con paso seguro; se sentía bien, era una noche encantadora. Pero, cuando se dirigía hacia su coche, se dio cuenta de que se había olvidado de dónde había aparcado. Por más que intentase recordarlo, no había forma de que le viniese a la cabeza. Trató de recordar puntos de referencia, pero su mente estaba en blanco. Se preguntó anonadado cómo había podido olvidar algo tan tonto. Intentó calmarse; a lo mejor el coche estaba cerca y, entonces, podría desbloquearlo con la llave. Las sacó a toda prisa, apretó el botón y el coche que estaba justo enfrente de él (y que era el suyo), hizo el característico ruido. Enfadado por haber perdido casi cinco minutos con la tontería, se metió dentro del coche y se dirigió hacia el restaurante. Aquella noche sus nervios parecían muy volubles. 

Óscar no llevaba anillo de casado, ni parecía que quisiera ponérselo en un futuro. Conducía un BMW y seguía las indicaciones del GPS en la pantalla de su móvil último modelo. Estaba claro que no le preocupaba el dinero. Si el espejo delantero hubiese estado girado se habría observado a un hombre que tenía una de esas bellezas clásicas, estilo Paul Newman. Desde luego, Óscar no tenía ningún problema, excepto el de que llevaba diez minutos equivocándose en la misma salida de la misma rotonda. 

—Vamos a centrarnos, Óscar. La tercera salida. La tercera. No la segunda. ¡La tercera! 

No solía hablar solo, de hecho le parecía raro, pero estaba claro que las indicaciones del móvil no eran suficientes para él. “¿Qué me pasa?”, se preguntó, y se tocó la frente para comprobar si tenía fiebre o no. Como siempre que uno hace eso, se notó un poco caliente.

Cuando por fin llegó al restaurante, media hora tarde, todos sus amigos estaban ya sentados a la mesa. Saludó a Mateo, Guille, Sofía, Pablo y a Sergio y Alba, que estaban casados e iban en pack. Alba estaba embarazada, así que era la única que estaba bebiendo té helado, los demás compartían una botella de vino. También le pareció que aquella noche ellos estaban extraños. Sofía estaba más fea, y Pablo tenía la voz más aguda y molesta. 

—¡Alba! ¡Estás gordísima! —Le soltó al darle dos besos. Nada más decirlo deseó que la tierra se lo tragara. Estaba embarazada de tan solo dos meses. No sabía por qué lo había dicho. ¿Una broma mal ejecutada? Todo el restaurante se giró a mirarlos. Probablemente creyeron que era un cretino, y puede que tuviesen razón. 

—Óscar, tú tan gracioso como siempre… — Respondió Alba, y le palmeó el hombro un poco más fuerte de lo que se catalogaría de gesto amistoso. 

Todos se sentaron excepto Óscar, que parecía ausente después de su quinto acto de estupidez de la noche. Sentía los dedos entumecidos, cierta falta de control psicomotriz y una vergüenza absoluta. Empezaba a pensar que le estaba pasando algo, una crisis de despersonalización o de ausencia. Había momentos en los que no sabía lo que estaba haciendo. No quería alarmar a nadie, así que no dijo nada. Pensó que luego volvería en taxi y se iría directo a la cama.

Miró distraído la carta y decidió que quería pedir el salmón confitado. Sin embargo, cuando vino el camarero, volvió a tener uno de esos episodios de ausencia y no pudo más que resignarse a pedir el magret de pato. Se echó a llorar. Él no quería el magret de pato. 

—¡Óscar!, ¡Óscar!, ¿Qué te pasa? —Preguntó Mateo, mientras todos se acercaban a él. Guille le tendió una servilleta toda manchada de vino tinto. 

—¿Por qué lloras? —Sofía parecía incómoda. Siempre le había molestado la expresión pública de las emociones de los demás. 

—Ven, anda, vamos a ponerte guapo de nuevo. No pasa nada. —Alba le cogió de la mano y le condujo hacia el baño. —¡Ahora volvemos, id comiendo!

Alba le preguntó con voz melosa qué le ocurría mientras le secaba las lágrimas en el vestíbulo del baño de mujeres. Óscar le contó todo, pero le dio la sensación de que Alba no le estaba escuchando realmente. Le sorprendió dándole un beso en la mejilla, justo donde estaba varada una lágrima. “¿Qué está haciendo?”, pensó Óscar, que de repente se sintió atraído por la suavidad del beso. Ella continuó con los besos hasta llegar a los labios, y él la cogió de la nuca. Fue un beso profundo y hambriento, como si quisieran llevar mucho tiempo haciéndolo pero la presencia de Sergio se lo hubiese impedido. Óscar no tenía claro si quería besarla o si había perdido de nuevo el control, pero se dejó llevar por ella. Alba controlaba el beso, y era tan apasionado que empezó a quitarle la ropa.

—Espera, espera… — Óscar recuperó el control durante un segundo y le apartó las manos suavemente. —Estamos en un baño, y tu marido está fuera. Esto no puede pasar. 

“Esto no puede pasar…”, le dio un par de vueltas a esa frase en su cabeza. ¡Claro! Nada de todo eso era real. Creía haber encontrado el quid de la cuestión, la razón por la cual todas aquellas locuras le habían estado pasando aquella noche. Desde el ridículo pantalón de cuadros hasta el magret de pato, por no mencionar el beso con Alba. ¡Estaba soñando!

—¡Alba!, escúchame, sé que te va a sonar a broma pero creo que estoy soñando. —Le espetó mientras la agarraba de los hombros. —Tienes que matarme, porque cuando uno muere en un sueño se despierta.

—¡¿Qué?! ¿Te has vuelto loco? —Su cara lo decía todo; no pensaba hacerlo. No le creía. 

Decidido, Óscar le dio un puñetazo al espejo del baño, rompiéndolo en decenas de fragmentos a cada cual más afilado. Antes de que Alba pudiese reaccionar, Óscar agarró con la mano uno de esos trozos, se abrió el cuello delante de ella y cayó muerto a sus pies. El grito que salió de la garganta de la pobre mujer fue tan agudo y desgarrador que llegó hasta los oídos de Sergio, quien estaba a su lado, en la cama. 

Alba se despertó por fin. Le contó a su marido toda la historia, omitiendo algunos detalles, claro. 

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